
Fue cuando su amada Abigail todavía no recibía la extremaunción, que los clientes comenzaron a percibirse asqueados de tan sólo ver las céreas muñecas que aguantaban las miradas con sus absurdos ojos de vidrio. Al poco tiempo dejaron de visitar la tienda también aquellos que, sin haber podido nunca comprar una de esas maravillosas piezas, se contentaban con las estáticas escenas que Abigail arreglaba para el mostrador: las muñecas tomando el té en una magnífica sala de miniaturas o las muñecas durmiendo en preciosos lechos bordados, descansando finalmente de la melancólica vigilia a la que Saturno las había confinado. Los hechos demostraban que conforme Abigail moría, la tienda perdía su encanto, y el encanto también se diluía hasta para el propio Holofernes.
Como un sueño que ha terminado de contarse, se hizo evidente la insoportable semejanza que cada muñeca tenía con Abigail. Pero el quiebre del negocio y la abominable obra que sin percatarse había creado, no impidió que el viejo juguetero abriera todos los días, en el horario firmemente acordado. El plástico fue el único que aguantó el polvo de todos esos años. En traslúcidas bolsas, Holofernes cobijó a cada una de sus criaturas. Todas aquellas figuras que inamovibles perpetuaban un instante de vida, fueron recostadas con la delicadeza que aún quedaba merecerles. Adónde quiera que la artificial Abigail hubiera dirigido su mirada, había cerrado sus ojos para siempre.
Diva, Gente Manzana, Pistola: tres ángulos no del olvido, sino de lo que se nos olvida.
"Sí, yo creo que sí".
Esta es la historia de Diva. Ella es un recuerdo de un bautizó. Nadie pensaría que en los bautizos dan esta clase muñecos. Si se trata de una buena fiesta -de bautizo- a lo mucho te llevas a la casa un monigote de plástico que al parecer puede tener una vida independiente y responsable hasta que, mientras haces limpieza, te lo encuentras en uno de esos jarrones de plantas de plástico, en el cenicero que nunca utilizas o bien, dentro de cualquier recipiente inútil del que simplemente no te deshaces por apego emocional. Diva es distinta. Comenzando por el hecho de que yo no fui a esa fiesta. Venía pegada a una especie de cajita de madera que contenía dulces. Diva mantiene la marca de silicona en sus manos y las esconde por vergüenza con cierto dramatismo. Ya lleva algunos años conmigo, ¿cuántos? el tiempo de peluche no lo cuento. El caso es que hoy mientras hacía limpieza me la encontré junto con otros "compas"
Cuando el drama de nuestras historias no basta, hay que producir amigos que también puedan sufrir.
Precedido de ratas, cucarachas y otras sombras, el joven Ánimas emerge entre cristos y vírgenes polvorientos. Se había ocultado de la lengua de una mujer-víbora que hurgó en su boca el paladar, las muelas y el juicio; y detrás de la cruz arrinconada del Señor de la Clemencia, un sueño derribó al muchacho durante olvidados días y

Escandalosas golondrinas levantan un aviso al amanecer: ¡vuelve a la vida Ánimas!, la mujer del beso se ha ido. El joven siente entumidas las piernas, se le ven tan largos los brazos, como si hubieran hecho un esfuerzo por mantener cerca de su cuerpo el alma que se le iba a las alturas. En su interior, el hambre grita y se revuelca, el bullicio en sus entrañas le recuerda la confusión que la mujer-víbora trajo a su masa, a sus ojos, a sus manos, confusión sin gozo, porque no estuvo allí con sus manos, no estuvo allí con sus ojos, y a su masa algo más la poseía, porque él ya estaba ardiendo en el infierno.
El perfume del jabón en polvo atrae al joven Ánimas hasta el patio de la casa. Allí se encuentra con una imagen muy familiar que lleva en el corazón: una mujer de largos cabellos tendiendo la ropa al sol que aún no se asoma. Ánimas sabe que no es la mujer-víbora por la que tuvo que morir para no ser tentado. Así que su memoria trabaja y le narra incontables e inacabables historias, pero ninguna se detiene para ofrecerle un recuerdo. La mujer, que aparentemente no se percataba de su presencia, le habla sin volver la espalda:

Visita el desierto enorme de los fríos alientos
que descansan del nombre de la noche y su portal,
es Shivaru que se alimenta de las cenizas y tus lamentos.
Sombra que sostiene la erla de las arenas
sobre tu cuna que roba el amor del viento
es Shivaru que se arrastra vacío y sin venas
es Shivaru buscando a su madre en tu silencio.

Luego de terribles viajes y de arrancar el corazón de los hombres, me encontré con el último de todos ellos, tenía que ser el último unicornio el que viniera hasta María Patakí, ahora que se ha rellenado el cuerpo con algodón:

Dejó el último beso en la entrepierna de Helena. Rozó con la lengua la cuenca de su único ojo sano, y la niña que enjaulaba a los grillos lamió de su mejilla el sobrante de las lágrimas que se comió.
La tuerta Helena la persiguió enloquecida. Le había pedido que se quedará para siempre con ella y según testimoniaron las arañas, la niña rió hasta que la tuerta cayó terriblemente dormida. Los caracoles impulsaron la isla flotante en la que partió la fugitiva y nadie, en el norte o en el sur, volvió a saber de ella.
Que nunca hubiera sido encontrada sólo provocó que, en los puertos y posadas donde Helena le buscó con daga en mano, la gente comenzara a pensar en otras cosas: cacería de ballenas, planetas parlantes y peces melancólicos, lo que contribuyó sobremanera en que fuera olvidada la niña que enjaulaba a los grillos y con ello la tuerta Helena se sacó el otro ojo para terminar de hundirse en las sombras.
II
Pasaron trescientos ciclos de Tynma y los caracoles regresaron a la tierra todas las islas. La ciega Helena contaba los ojos en su entrepierna y su larga lengua dio caza a todos los grillos sobre la tierra. La niña enjaulada gritaba enloquecida y advertía a Helena que si no la alimentaba con llanto pronto moriría de hambre.
-Si te dejo morir dejaré de perseguirte eternamente- le contestaba Helena una y otra vez, y todas las arañas en el mundo reían hasta dejar dormidos a los hombres.
La ciega Helena peinaba sus cabellos con barbas de ballena y confesaba a los peces que hacía mucho que ella no podía llorar, pero que su terrible amor por la niña enjaulada era capaz de conmover el castigo de los planetas y las estrellas.
III
Un día en que las trescientas islas de Tynma huyeron del sol, los caracoles volvieron a la tierra. La ciega Helena escuchaba el canto de los grillos y la niña le lavaba devotamente sus blancos pies.
-Levanta tu velo bella Helena, quiero besarte- las arañas murmuraban sobre la petición de la niña mientras tejían enloquecidas su futura mortaja. Sabía que pronto moriría, al encontrar el verdadero amor dejó de tomar su único alimento y ahora estaba a punto de entregarse a la última forma durmiente.
La ciega Helena descubrió por primera vez el rostro ante su amada. La niña que enjaulaba a los grillos vio las cuencas de aquél rostro venerado: no estaban vacías, los planetas se asomaban cuidadosos de que ningún otro mortal los viese espiando el mundo. La niña comprendió, de ese modo, lo que peces y ballenas le escondieron sobre su destino: y es que huiría eternamente hasta desear a la mujer que no podía llorar.

