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Eso tampoco se confiesa, Flor Bovina

martes, 24 de febrero de 2009

La Casa de Abigail

viernes, 14 de noviembre de 2008
Con la primera venta del día se persignó después de veinte años. El viejo Holofernes había dejado de hacerlo más por la falta de pretexto que por extravío de verdadera devoción. Su difunta esposa le había enseñado a bendecir cualquier tipo de ganancia diaria y a nunca dejar pasar los rituales que influían en la providencia de benévolos dones. Sintiéndose obligado a ejecutar la señal de la cruz a favor de adorados recuerdos, Holofernes besó las monedas asumiendo que podría quedarse otros veinte años afuera de su juguetería, sentado ahí en una astillosa silla mientras que con ayuda de su pierna izquierda se columpiaría de espaldas a la montaña de la Egipcíaca, esperando resignado la siguiente gracia de su Dios.
Fue cuando su amada Abigail todavía no recibía la extremaunción, que los clientes comenzaron a percibirse asqueados de tan sólo ver las céreas muñecas que aguantaban las miradas con sus absurdos ojos de vidrio. Al poco tiempo dejaron de visitar la tienda también aquellos que, sin haber podido nunca comprar una de esas maravillosas piezas, se contentaban con las estáticas escenas que Abigail arreglaba para el mostrador: las muñecas tomando el té en una magnífica sala de miniaturas o las muñecas durmiendo en preciosos lechos bordados, descansando finalmente de la melancólica vigilia a la que Saturno las había confinado. Los hechos demostraban que conforme Abigail moría, la tienda perdía su encanto, y el encanto también se diluía hasta para el propio Holofernes.
Como un sueño que ha terminado de contarse, se hizo evidente la insoportable semejanza que cada muñeca tenía con Abigail. Pero el quiebre del negocio y la abominable obra que sin percatarse había creado, no impidió que el viejo juguetero abriera todos los días, en el horario firmemente acordado. El plástico fue el único que aguantó el polvo de todos esos años. En traslúcidas bolsas, Holofernes cobijó a cada una de sus criaturas. Todas aquellas figuras que inamovibles perpetuaban un instante de vida, fueron recostadas con la delicadeza que aún quedaba merecerles. Adónde quiera que la artificial Abigail hubiera dirigido su mirada, había cerrado sus ojos para siempre.
El nuevo cliente había sido un niño llamado Alejo. Holofernes le había descubierto en el suelo de su tienda contemplando expectante el curso de un pequeño caracol.

-Dicen que esas muñecas se llevaron la vida de tu mujer- dijo el niño sin dejar de mirar al animal.

-Nadie nunca ha dicho eso.- Contestó el anciano indiferente, acostumbrado a ser molestado por todos los jóvenes que rondaban por ahí.
-Dicen que esas muñecas se salen de sus bolsas por las noches y se asoman por la ventana a mirar la montaña. Dicen que la miran tal y como la Egipcíaca nos mira a todos nosotros.
-Tampoco he escuchado semejante tontería.
-Tu no quieres ver la montaña, ¡esa es la razón por la que estás tan sordo!- Luego de que el niño soltó una carcajada se siguió arrastrando juguetón, embelesado por el dibujo de la baba del caracol.
-Deja a ese caracol, es lento. El cochecito puede ser más divertido y podrás alejarte más rápido de aquí.
-No puedo irme hasta que la veas...

-¡¿Ver qué?! Qué, qué ¡Qué quieres! No sabes lo poco que siento por la ausencia de Abigail y encima aguantar que todos se burlen de eso...
-Yo creo que no te sentirías solo si por primera vez, después de su muerte, miraras a la Egipcíaca, miraras hacia donde Abigail no ha dejado de mirar.

Holofernes se comenzaba a sentir extraño con la presencia de el niño. Inequívocamente reconocía que Alejo tenía razón. Había algo artificial en sus ojos que le recordaba a la difunta Abigail. Algo que le provocó dibujar una sonrisa y a concebir el esbozo de una esperanza: la magia regresaba a su tienda.
-Miraré, Alejo.
El viejo volteó su silla y la majestuosa Egipcíaca se cubría de atardecer. Grandes planes. Reinauguraría la tienda y trabajaría de nuevo en su taller. Tenía que hacer algunas mejoras al local: pintar, limpiar, fumigar si era preciso. El nombre. En todo el pueblo volvería a ser famosa "La Casa de Abigail". Tal vez necesitaría empleados. Una fina mano que ayudará con la confección de la ropa. Quizá Alejo, el niño responsable de esta alegría, se hiciera su aprendiz. No volverían otros veinte años tan tristes como los ya cumplidos.
Alejo se había escurrido rápidamente en cuanto el viejo su silla viró. Es probable que el caracol hubiera sido aplastado en la huida. A la vuelta de la esquina el niño cobraba el premio de su apuesta a un par de chicos algo mayores que él. Entre carcajadas los tres discretos espiaban a Holofernes que daba el rostro a la montaña, columpiándose en la silla con ayuda de su pierna izquierda, sin dejar de sonreír.

El punto de vista de la autora

domingo, 25 de mayo de 2008



Diva, Gente Manzana, Pistola: tres ángulos no del olvido, sino de lo que se nos olvida.


"Sí, yo creo que sí".

Serie: "Auum"



















































Diva del polvo





Esta es la historia de Diva. Ella es un recuerdo de un bautizó. Nadie pensaría que en los bautizos dan esta clase muñecos. Si se trata de una buena fiesta -de bautizo- a lo mucho te llevas a la casa un monigote de plástico que al parecer puede tener una vida independiente y responsable hasta que, mientras haces limpieza, te lo encuentras en uno de esos jarrones de plantas de plástico, en el cenicero que nunca utilizas o bien, dentro de cualquier recipiente inútil del que simplemente no te deshaces por apego emocional. Diva es distinta. Comenzando por el hecho de que yo no fui a esa fiesta. Venía pegada a una especie de cajita de madera que contenía dulces. Diva mantiene la marca de silicona en sus manos y las esconde por vergüenza con cierto dramatismo. Ya lleva algunos años conmigo, ¿cuántos? el tiempo de peluche no lo cuento. El caso es que hoy mientras hacía limpieza me la encontré junto con otros "compas". Estaban llenos de polvo. Sólo van a la lavadora los osos, todos polares, que duermen conmigo. Cuando allá se encaminaban los habitantes polvorientos, recordé el problema que tenía Diva con las lavadoras. Aún desprendida de la caja de madera que la ataba a su pasado de mercería bautismal, ella no sería nunca un muñeco como los otros. Resulta que sus orejas tienen como base un par de peligrosos alambres, así que tuve que disculparme con ella y negarle el baño. Evidentemente ambas nos percatamos de que era la segunda vez que esto acontecía. Y con ganas de animarle le ofrecí tener un papel en el nuevo orden de mi habitación. Debo reconocer que en ello tuvo que ver cierto miedo a una represalía... uno nunca sabe a quién en realidad ofende y es mejor llevar las cosas en paz para no tener que descubrirlo. Así comenzó una sesión fotográfica, y tal fue mi sorpresa ante sus despliegues modelísticos (no sé si esa palabra exista, pero seguro que Diva sabía lo que hacía), que se nos ocurrió hacer una serie (y eso que no soy fotografa)que tuvo como protagonista a la fina Gente Manzana y la pistola que Diva siempre procura tener a la mano. Está es una muestra de la sesión fotográfica.

Los títeres

domingo, 9 de septiembre de 2007




Cuando el drama de nuestras historias no basta, hay que producir amigos que también puedan sufrir.

Seminaristas en el fin del mundo

lunes, 3 de septiembre de 2007
Fragmento del cuento "El Relicario". Su servidora


I

Precedido de ratas, cucarachas y otras sombras, el joven Ánimas emerge entre cristos y vírgenes polvorientos. Se había ocultado de la lengua de una mujer-víbora que hurgó en su boca el paladar, las muelas y el juicio; y detrás de la cruz arrinconada del Señor de la Clemencia, un sueño derribó al muchacho durante olvidados días y noches para alejar de sí la tentación.
Escandalosas golondrinas levantan un aviso al amanecer: ¡vuelve a la vida Ánimas!, la mujer del beso se ha ido. El joven siente entumidas las piernas, se le ven tan largos los brazos, como si hubieran hecho un esfuerzo por mantener cerca de su cuerpo el alma que se le iba a las alturas. En su interior, el hambre grita y se revuelca, el bullicio en sus entrañas le recuerda la confusión que la mujer-víbora trajo a su masa, a sus ojos, a sus manos, confusión sin gozo, porque no estuvo allí con sus manos, no estuvo allí con sus ojos, y a su masa algo más la poseía, porque él ya estaba ardiendo en el infierno.
El perfume del jabón en polvo atrae al joven Ánimas hasta el patio de la casa. Allí se encuentra con una imagen muy familiar que lleva en el corazón: una mujer de largos cabellos tendiendo la ropa al sol que aún no se asoma. Ánimas sabe que no es la mujer-víbora por la que tuvo que morir para no ser tentado. Así que su memoria trabaja y le narra incontables e inacabables historias, pero ninguna se detiene para ofrecerle un recuerdo. La mujer, que aparentemente no se percataba de su presencia, le habla sin volver la espalda:

-Cada vez duermes más, Ánimas. Te va a hacer daño. Todo en este mundo tiene una medida, aunque estemos dormidos y no nos demos cuenta de eso.

Dejando arrastrar el largo vestido floreado sobre el suelo húmedo, su hermana, Carmina Sepultas, le dirige una mirada paciente, esperando la señal de que ha sido reconocida, de tal modo que pueda acercarse a él sin recibir un golpe a cambio. Ánimas sonríe dolido por la cantidad de juicios que su hermana emite sobre él durante ese silencio, y mueve su mano exigiendo que deje de hacerlo porque no tiene nada que temer. Carmina lo abraza, luego toca su frente y mejillas asustando posibles fiebres.

-¿Por qué tardas tanto en volver? ¿A dónde fuiste esta vez, eh?- pregunta Carmina seriamente, y se da cuenta de que lo hace sin desear la respuesta -Hay chicharrón con chile y caldo de pollo de ayer. Pero ve a caminar un poco para que te despejes y el apetito asiente mejor, si no vas a sentir asco.

-Sabes que no iría a ninguna parte si no fuera porque hay tanto pecado en mí... no quiero comer, ya soy demasiada carne.- Ánimas nota el rostro preocupado de Carmina y busca en su memoria otra historia, la que le cuente el por qué de una criatura aferrada a la compañía de otra, sin que se percate de que su unión sólo aplaza el fin de todo tiempo.

Carmina Sepultas regresa al lavadero llorando. En momentos como esos todo le angustia, así, musita a la orfandad de ambos, a la enfermedad de Ánimas, a la soledad, a su soledad, y sólo quizás al cielo: ¡¿Por qué?!

El joven Ánimas recibe el chantaje y cede a las consideraciones de su hermana. Le pregunta si es necesario calentar la comida: ahora le resta esperar que todo pecado y toda carne sean también demostración del amor infinito de Dios.

Autómata autoreplicante

lunes, 30 de julio de 2007
Fragmento de "El Dragón y el Unicornio". Lamentos de Lailokén. de A. A. Attanasio
[Mujer. Todo lo que soy se lo debo a Ella. Todo el bien y todo el mal de mi vida. Toda la magia y el misterio. Toda la sabiduría y la locura. Aun en los mismos comienzos, antes de que pudiese haber espacio, o tiempo siquiera, cuando cada punto de lo que nosotros éramos tocaba a todo punto del resto, Ella estaba allí. Ella misma era el punto único de lo que todo lo demás ha surgido. Y Ella era el porvenir, también. ¿Por qué creéis que salimos, sino para seguirla?
En el mismo, mismísimo principio, antes de que hubiese un principio, cuando todo era un solo punto, la Mujer era todo el significado incomprensible que necesitábamos. Nos contenía a todos juntos. Hacía de todos nosotros uno. Absolutamente pro­miscua, porque todos estábamos con Ella; pero absolutamente casta, porque Ella estaba tan sola como cada uno de nosotros: un punto total y único. ¿Qué mayor felicidad podía haber?
Esta fue la pregunta que nos condenó. Que pudiéramos con­cebirla siquiera confiesa una terrible imperfección en una totalidad de otro modo perfecta. Pero, por supuesto, fue nuestra perfección la que inspiró la pregunta en primer lugar. ¿Hasta qué punto podríamos ser felices, si hubiésemos de ser una par­te de Ella pero aparte de Ella? ¿Cuánta más felicidad habría, si pudiésemos verla y ser vistos por Ella?Y con este interrogante llegó la necesidad de espacio para ver y de tiempo en el que ser visto, el espacio que un abrazo exige, el tiempo que un beso requiere, un espacio y un tiempo lo bas­tante vastos para abrazar el misterio que Ella es y, al mismo tiempo, igualmente amplios para dar cabida a todos los que que­ríamos verla y poseerla.]

Canción de cuna para un lobo

viernes, 6 de julio de 2007


Tynma reconoce para ustedes, sus amados mortales, que esta no puede ser una canción cantable. Él me dio la letra hace tiempo y como el resto de las otras cosas, la termino olvidando. Esto es sólo una muestra de lo que ninguno de nosotros podrá recordar.

Sombra que sostiene nuestras manitas de cristal,
Visita el desierto enorme de los fríos alientos
que descansan del nombre de la noche y su portal,
es Shivaru que se alimenta de las cenizas y tus lamentos.

Sombra que sostiene la erla de las arenas
sobre tu cuna que roba el amor del viento
es Shivaru que se arrastra vacío y sin venas
es Shivaru buscando a su madre en tu silencio.

Buscando a Loshino

jueves, 28 de junio de 2007
Loshino es un músico onírico japonés que me habló por teléfono en un sueño desde Japón. Quedé con el en que volaría de inmediato hacia allá para buscarlo y trabajar con él. Pero claro, desperté. Loshino habla español como sólo un japonés podría hablarlo. Supongo que es joven, resultaba que estabamos en un curso de música y debíamos hacer nuestra tarea. Si alguien sabe de Loshino por favor, daré polvos mágicos a quien pudiera ayudarme a contactarlo. No sé por qué tengo la idea de que Loshino usa blog o my space, bendita sea la red.

Un encuentro con él Último Unicornio

jueves, 14 de junio de 2007

Luego de terribles viajes y de arrancar el corazón de los hombres, me encontré con el último de todos ellos, tenía que ser el último unicornio el que viniera hasta María Patakí, ahora que se ha rellenado el cuerpo con algodón:


"Tengo pesadillas en las que me arrastro sobre la tierra... Los cachorros, Troy, Blanche, Sue me ladran, las serpientes me silban, los mendigos están llegando a la ciudad. Y al final llegan las almejas".


Fragmento de "El Último Unicornio" de Peter S. Beagle

El regreso de los caracoles

lunes, 4 de junio de 2007


A Diódoro


I


Dejó el último beso en la entrepierna de Helena. Rozó con la lengua la cuenca de su único ojo sano, y la niña que enjaulaba a los grillos lamió de su mejilla el sobrante de las lágrimas que se comió.


La tuerta Helena la persiguió enloquecida. Le había pedido que se quedará para siempre con ella y según testimoniaron las arañas, la niña rió hasta que la tuerta cayó terriblemente dormida. Los caracoles impulsaron la isla flotante en la que partió la fugitiva y nadie, en el norte o en el sur, volvió a saber de ella.


Que nunca hubiera sido encontrada sólo provocó que, en los puertos y posadas donde Helena le buscó con daga en mano, la gente comenzara a pensar en otras cosas: cacería de ballenas, planetas parlantes y peces melancólicos, lo que contribuyó sobremanera en que fuera olvidada la niña que enjaulaba a los grillos y con ello la tuerta Helena se sacó el otro ojo para terminar de hundirse en las sombras.

II

Pasaron trescientos ciclos de Tynma y los caracoles regresaron a la tierra todas las islas. La ciega Helena contaba los ojos en su entrepierna y su larga lengua dio caza a todos los grillos sobre la tierra. La niña enjaulada gritaba enloquecida y advertía a Helena que si no la alimentaba con llanto pronto moriría de hambre.

-Si te dejo morir dejaré de perseguirte eternamente- le contestaba Helena una y otra vez, y todas las arañas en el mundo reían hasta dejar dormidos a los hombres.

La ciega Helena peinaba sus cabellos con barbas de ballena y confesaba a los peces que hacía mucho que ella no podía llorar, pero que su terrible amor por la niña enjaulada era capaz de conmover el castigo de los planetas y las estrellas.

III

Un día en que las trescientas islas de Tynma huyeron del sol, los caracoles volvieron a la tierra. La ciega Helena escuchaba el canto de los grillos y la niña le lavaba devotamente sus blancos pies.

-Levanta tu velo bella Helena, quiero besarte- las arañas murmuraban sobre la petición de la niña mientras tejían enloquecidas su futura mortaja. Sabía que pronto moriría, al encontrar el verdadero amor dejó de tomar su único alimento y ahora estaba a punto de entregarse a la última forma durmiente.

La ciega Helena descubrió por primera vez el rostro ante su amada. La niña que enjaulaba a los grillos vio las cuencas de aquél rostro venerado: no estaban vacías, los planetas se asomaban cuidadosos de que ningún otro mortal los viese espiando el mundo. La niña comprendió, de ese modo, lo que peces y ballenas le escondieron sobre su destino: y es que huiría eternamente hasta desear a la mujer que no podía llorar.

Carpio se convierte en pez



Carpio era uno de los hijos de Porlock Evaristo. En aquél tiempo, era común que los descendientes de demonios caminaran sobre las aguas salinas y Carpio no era la excepción. Se decía que su familia tenía como ancestro al curioso demonio Gilrom, que pidió al dios Tynma una concesión para habitar el mar con el pretexto de estudiar la formación de las rocas hundidas. Siendo que el dios no se sabía interesado en estos estudios, se manifestó en favor de Gilrom por si acaso llegara a suceder lo contrario. Sin embargo, Tynma descubrió que Gilrom no pasaba el tiempo mortal sumergido en las aguas para estudiar las rocas hundidas, sino para cortarle los dedos a los gigantes que metían sus pies en el agua cuando se sentaban sobre las islas. Así que el dios de los sueños decidió dormir nuevamente a su demonio en la misma posición que él guardaba para robar de otros cuerpos los dedos que alimentaban su obsesión. Tras siglos de mortales, creció sobre su espalda una isla del tamaño de las Árides en la que se posaron los traseros más insignes, hasta que llegó la revuelta de Truslast que hizo de los demonios de Tynma mortales socialmente inactivos pero terriblemente fértiles. De Gilrom nació la dinastía más poderosa de todo Antal y de la que Carpio fue el integrante menos brillante de todos.


Carpio paseaba sólo sobre los océanos y veía nacer las islas. Las ballenas le hablaban de sus hermanas más pequeñas, las estrellas, que le adoraban por su silencio sobrenatural. Huía de las sirenas cuando querían arrancarle de las cuencas sus brillantes ojos cafés y jugaba con los peces voladores hasta pasados dos ocasos, o bien, cuando caían en la boca de un pez más grande y fatalmente hambriento.


Un día, Carpio se alejo demasiado del hogar de Porlock Evaristo, y el norte y el sur se le perdieron en el fin del mundo. Pero el errar oceánico derivo crimen. Tras pasados casi seis días sin comer ni beber, Carpio abrió los vientres de gigantescas ballenas y devoró sus entrañas y robó el agua dulce del Pozo de Alminos que está en el ombligo del mundo en la sólo se sacian los mensajeros -todas las criaturas enemigas del sol.


La diosa Dicktus del mar se enfureció contra Carpio y le hechizó para que sus pasos lo devolvieran a la tierra de su padre. Ella salió del mar y camino sobre las arenas con sus pies humanos aguardando su llegada para degollarle. Tynma espero con Dicktus todas las noches hasta que avistaron un joven pálido que regresaba a gatas sobre las olas. Tynma contempló los ojos de ballena de Dicktus y le preguntó:


-¿Por qué esperas a que pise tierra?

-Porque si el sueño termina en el mar nos absorberá en sus sombras.
-Entonces el sueño no los acompañará más despiertos. Y cruzaran las aguas sin mí o contigo.
-Pemites que el detractor no despierte de nuevo- Dicktus devuelve a Tynma su atención con una mirada de ballena. Y el dios desaparece bendiciendo el nuevo destino de Carpio forjado en las aguas.
Desde entonces, los hijos de demonios ya no caminan sobre las aguas, y se dice que un gigantesco pez negro ronda las costas de los hombres, esperando encontrar a Tynma en la playa para que lo despierte de su sueño.
Foto/Anne Chapman/Tanu

La cena con Tynma

domingo, 3 de junio de 2007

Alguna vez he soñado que los planetas están frente y tan cerca, ¿es que en el sueño salieron de su orbita para saludarme? Si mi cabeza no estuviera llena de tantas nubes y cantos de grillo, tal vez pudiera escuchar lo que me dicen. Y es que Saturno y los cometas sean el epitafio de mis sueños de muerte.
Foto/Carlos Jurado, Sueños